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Perfil

Martha

2,190 días buscando
0
Días desde que empezó a buscar

Martha Hernández no se presenta como activista. Tampoco como líder de un colectivo, ni como defensora de derechos humanos, ni con ninguno de los títulos que los medios y las ONG le han colgado a lo largo de seis años. Se presenta con su nombre y un dato: «Busco a mi hijo Daniel, desapareció el 8 de mayo de 2019». Es lo primero que dice cuando la conoces. Es probablemente lo primero que dirá hasta que lo encuentre o hasta que se muera buscándolo.

Nos encontramos en una cafetería de Salvatierra que ella misma eligió — la única que tiene WiFi estable, dice, porque necesita revisar el grupo de WhatsApp del colectivo cada quince minutos. Durante las dos horas que dura la conversación, su teléfono suena once veces. Ocho son del colectivo. Dos son de familias que quieren unirse. Una es del Hospital General para confirmar una cita que lleva cuatro meses postergando.

«Yo era maestra de primaria. Daba clases de español a niños de tercer grado. Corregía ortografía, enseñaba a conjugar verbos. Ahora identifico tipos de suelo, interpreto patrones de descomposición y sé cuántos litros de cal hacen falta para cubrir un cuerpo. Eso lo aprendí sola. Nadie te da un curso para buscar muertos.»
Martha Hernández · Grabación de entrevista · Salvatierra, GTO
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Daniel Hernández Morales tenía 24 años cuando desapareció. Estudiaba ingeniería mecánica en el Tecnológico de Celaya. Iba en quinto semestre. Trabajaba medio turno en un taller de refacciones para pagar su colegiatura. El 8 de mayo de 2019, salió del taller a las siete de la noche y nunca llegó a su casa.

Martha fue a la Fiscalía al día siguiente. Le dijeron que esperara 72 horas. Esperó. Regresó. Le dijeron que probablemente se había ido por voluntad propia. Tenía 24 años, le explicaron, como si eso fuera una respuesta. Le abrieron una carpeta de investigación. La carpeta sigue abierta. La carpeta no dice nada que Martha no supiera ya el primer día.

«Hay algo que se rompe adentro cuando entiendes que te van a dejar sola», dice sin drama, como quien describe el clima. «No es tristeza. La tristeza viene después. Primero es incredulidad. Y después — y esto es lo que nadie te dice — la incredulidad se convierte en combustible. Porque si nadie va a buscarlo, entonces lo busco yo.»

Lo que Martha carga cada mañana de búsqueda
Varilla de acero (1.5 m)
Se clava en la tierra para detectar suelo removido o cavidades subterráneas. Martha ha gastado tres en seis años.
Pala de jardinería
Más pequeña que una pala de construcción. Permite cavar con más control cerca de restos.
Mascarilla N95
Donada por una enfermera. La usa cuando el olor indica que están cerca.
Agua y VapoRub
Tres litros de agua para el equipo. El VapoRub se aplica bajo la nariz en hallazgos recientes.
Teléfono con GPS
Marca coordenadas de cada punto explorado. Tiene un mapa offline de Guanajuato con 412 puntos marcados.
Libreta
Registro manual de cada búsqueda. Fecha, ubicación, hallazgo, hora de aviso a Fiscalía, hora de llegada de peritos (si llegan).
«Cada vez que clavo la varilla y el suelo está suave, siento dos cosas al mismo tiempo: terror de lo que vamos a encontrar y alivio de que por fin alguien está buscando. A veces soy la única persona en todo Guanajuato que está buscando. Eso no debería ser posible.»
— Martha Hernández, durante una jornada de búsqueda

En seis años, Martha ha coordinado 847 jornadas de búsqueda. Ha localizado 14 fosas clandestinas, incluyendo la de Salvatierra. Ha ayudado a recuperar más de 90 cuerpos. Ha devuelto nombre a 23 personas. Daniel no es ninguna de ellas.

Le pregunto si alguna vez ha pensado en parar. Me mira como si la pregunta no tuviera sentido. «¿Parar? ¿Para qué? ¿Para sentarme a esperar que la Fiscalía haga algo? Llevo 2,190 días esperando. Si me siento a esperar un día más, me muero. No de tristeza — de rabia. La búsqueda me mantiene viva. Es lo único que tengo.»

847
Jornadas de búsqueda coordinadas
14
Fosas clandestinas localizadas
23
Personas devueltas a sus familias
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Cuando salimos de la cafetería, Martha revisa su teléfono una vez más. Un mensaje del colectivo: encontraron otro punto sospechoso cerca de Valle de Santiago. Mañana hay jornada. Le pregunto si necesita algo. «Otra varilla», me dice. «La que tengo ya está doblada.»

Se sube a su camioneta — una pickup blanca con 340,000 kilómetros que le prestó su hermano en 2019 y que nunca devolvió. En el tablero tiene una foto de Daniel. En la cajuela tiene una pala. Mañana será el día 2,191.

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Expediente N.° 001 — Portada